El sentido de todo.
Recuerdo que de bastante pequeño (6 o 7 años) tuve una etapa en la que no le veía sentido a hacer nada.
Especialmente a las cosas que no me gustaban y me daban por culo.
¿De qué sirve hacer todas esas cosas que no quería hacer si algún día me voy a morir y no habrá servido para una puta mierda?
Te juro que con 6 o 7 años tenía estos pensamientos que me preocupaban y mucho.
(Será que siempre he sido muy rarito).
Les daba muchas vueltas.
Sobre todo por las noches en la cama cuando no podía dormir y las lágrimas empapaban la almohada.
(O a lo mejor no podía dormir por tener estos pensamientos).
Puse fin a esa etapa medio depresiva cuando llegué a la conclusión de que si quería aprovechar mi vida tenía que hacer lo que me gustara.
No lo que me mandaran o esperasen de mí.
Lo que yo quisiera y me hiciera feliz.
Y mejor si era algo grande para que me recordasen.
Tener un propósito, vamos.
Porque sin propósito seguiría sin encontrarle sentido a la vida porque algún día me iba a morir sin importar lo que hubiera hecho.
Y que fuera cual fuera mi propósito haría todo lo posible por conseguirlo.
Daba igual lo que me costase o lo que pensaran los demás.
Y todo esto con 6 o 7 años.
Ya tenía esa parte clara.
Pero…
¿Cómo encuentro mi propósito?
Ahí estaba perdido.
Y estuve perdido durante casi 30 años.
Por suerte desde pequeño he sido muy curioso y me ha flipado aprender.
Siempre con sed de conocimiento.
A mi madre le he escuchado muchas veces cómo contaba la historia de mis primeras vacaciones.
Habíamos ido con mis primos a la playa.
Y yo con 2 años prefería quedarme después de comer sentado a la mesa ‘escuchando a los mayores’ antes que irme a jugar con mis primos.
(¿Ves cómo era muy rarito?)
Yo hacía esto porque me parecía mucho más interesante escuchar lo que hablaban los mayores que correr detrás de mis primos jugando al pilla-pilla.
Iba a aprender más de esas conversaciones que de lo que me dijesen mis primos.
Y me daba igual cuando venían los otros niños a intentar llevarme con ellos y me decían que era un aburrido por quedarme ahí con los mayores.
Y eso a su vez me hacía interesante.
Porque me hacía diferente.
Entonces aproveché esa curiosidad y esa ansia por aprender para adquirir todo el conocimiento posible de todo lo que me llamaba la atención.
Así fijo que encontraba mi propósito en la vida.
El problema era que me obsesionaba tanto con un tema y ser el mejor en ello que cuando aprendía bastante como para que ya no supusiera un reto para mí perdía el interés y pasaba a otra cosa.
Así fue como me interesé por la cocina (de pequeño quería ser Karlos Arguiñano. No chef, no. Karlos Arguiñano).
La ciencia (quería ser científico de los que tienen un laboratorio lleno de tubos de ensayo con líquidos de colores que burbujean y echan humo y a veces explotan y eso me llevó a estudiar Ingeniería Química).
El dibujo y el diseño (hubo una época en la que quería ser arquitecto y diseñar edificios tan espectaculares como los de Calatrava pero bien hechos y que no se cayesen).
La magia (incluso a día de hoy sigo esperando que me llegue una lechuza con la carta de Howarts).
El graffiti (llené unas cuantas paredes de pintura y hasta hacía algunas piezas en papel que luego vendía a mis compañeros de clase).
La música (fui bajista en varios grupos e incluso grabamos un disco).
El tatuaje (me puse a pincharme tinta a mí mismo y luego a todo el que me pagase por ello).
La fotografía (principalmente como fotógrafo aunque también fui modelo en algunas ocasiones).
La fabricación de cerveza (quería montar mi propia fábrica de cerveza artesanal empezando a fermentar cerveza en mi propia casa).
El deporte (que siempre practiqué y me empecé a tomar mucho más en serio al convertirme en entrenador de CrossFit y jugador de fútbol americano e incluso intenté abrir mi propio gimnasio).
Y habrás visto que sumada a esa ansia por aprender estaba una vena emprendedora muy fuerte.
Quizá también porque lo había visto desde pequeño en mi padre.
Él siempre había tenido su propia empresa. Heredada de mi abuelo.
Y él esperaba (y aún espera) que la herede yo.
Pero nunca me ha interesado (a pesar de que estuve varios años trabajando con él).
Y hubo una época en la que sentía mucho rechazo por la empresa de mi padre y hasta de la idea de emprender:
Desde que era un niño veía cómo mi padre se despertaba y se iba al trabajo antes siquiera de que yo hubiera terminado de desayunar para irme al cole.
Y me iba a dormir por la noche y mi padre aún ni había llegado de trabajar.
Me tiré durante muchos años todos los sábados por la tarde aburrido en la tienda de mi padre porque tenía que estar ahí vendiendo.
Los domingos cuando le pedía que jugase conmigo o ver alguna peli juntos no podía porque seguía trabajando en casa.
Las vacaciones las recuerdo yo en la playa jugando con la arena o metido en el agua mientras mi padre se quedaba debajo de la sombrilla pegado al teléfono haciendo llamadas a clientes y proveedores.
Y aunque yo no tenía claro aún mi propósito…
Sí que sabía que yo no quería esa vida de esclavitud.
Esa vida de no tener tiempo para hacer otra cosa que no sea trabajar.
Por eso mi objetivo sería no tener que trabajar y centrarme en mi propósito una vez lo encontrase.
¿Pero cómo conseguiría no trabajar cuando todos dependemos del dinero?
La respuesta en principio era obvia:
Conseguir tanto dinero que no tenga que depender más de un trabajo para generarlo…
O ser capaz de generar dinero sin trabajar.
La segunda opción me parecía muy complicada.
Por lo que me centré en la primera.
Y me di cuenta de que trabajando para otros (y más en algunos de los trabajos de mierda que había tenido) sería imposible hacer tanto dinero como para no tener que trabajar.
¿La solución?
Montar mi propia empresa.
Así que me maté a trabajar durante dos años para conseguir el dinero suficiente como para no tener que pedir financiación (porque no me gusta deberle nada a nadie ni estar ahogado y estresado porque tengo que devolver un dinero que no era mío).
Y cuando te digo matarme a trabajar literalmente era eso.
Llegué a tener hasta 5 trabajos a la vez.
Teniendo como mucho un día libre al mes (la mayoría de meses ninguno).
Durmiendo la mayoría de días 4 horas como máximo.
Incluso había veces que pasaba hasta tres días sin dormir porque empalmaba el turno de un trabajo de por el día con el de otro trabajo de por la noche (en muchas ocasiones trabajaba 24 horas seguidas porque en algunos trabajos tenía turnos de 12 horas).
No veía a mis amigos.
Apenas pasaba por mi casa porque iba directo de un trabajo a otro.
No tenía vida.
Pero era un precio que estaba dispuesto a pagar por conseguir mi objetivo.
Al final reuní el dinero suficiente para abrir mi propia empresa.
Pero no quería cometer los errores de mi padre y ser esclavo de mi negocio.
Ni estar siempre estresado porque los clientes no me pagan.
Ni todo el día solucionando problemas con los empleados porque no hacen nada y encima te roban (literal que esto a mi padre le ha pasado más de una vez).
Ni bajarme los pantalones y acceder a todas sus exigencias para intentar que me comprasen.
Eso sumado a que no me gusta la gente…
Pues le propuse al que se convirtió en mi socio que hiciéramos la empresa juntos.
Yo me dedicaría a la gestión de la empresa y él a tratar con los clientes (porque a él sí que le gusta hablar con la gente).
Pero le dije que íbamos a hacer las cosas bien desde el principio.
Que mi objetivo era hacer la empresa grande para así llegar a un punto en la que la pudiésemos delegar en alguien y preocuparnos sólo de repartirnos los beneficios.
Y que para eso íbamos a formarnos en ventas.
Que íbamos a aprender a vender como hijos de puta.
Porque vi que eso es clave para que una empresa funcione.
La única forma de ganar muchísimo dinero con el menor esfuerzo posible.
Y ya sabes que cuando me obsesiono con algo exploto mucho mi ansia por adquirir todo el conocimiento posible y ser el mejor.
Así que usé el dinero que había ahorrado para comprar cursos, libros, formaciones, talleres…
Muchísima información para aprender a ser los mejores vendedores para obtener los mejores resultados con el mínimo esfuerzo posible.
Muchísimo conocimiento para ganar mucho dinero trabajando lo menos posible.
Dedicamos mucho tiempo a formarnos.
Así descubrí el copywriting.
Y mientras mi socio se dedicaba a tratar con los clientes…
Yo me dedicaba a seguir aprendiendo sobre copywriting como un obseso mientras me encargaba de hacer el propio copy de nuestra empresa.
El copy de la web, de los anuncios, de los emails, de los presupuestos, de los artículos, de los posts en redes sociales, de los guiones de los vídeos, de los guiones de ventas de las llamadas…
Toda la comunicación.
Me molaba muchísimo.
Era la forma de vender como un hijo de puta sin tener que hablar con la gente ni aguantar sus gilipolleces.
Y de trabajar lo mínimo posible y a la vez maximizar los resultados.
Porque con un mismo texto puedes vender a muchísima gente a la vez.
Y vi que se me daba de puta madre.
Porque funcionaba.
Y funcionaba porque llamaba la atención.
Porque era diferente.
Al igual que yo llamaba la atención desde pequeño por ser diferente a mis primos y los demás niños.
Y me di cuenta de que eso para mí no era un trabajo.
Me salía de forma natural llamar la atención.
Ser diferente.
Resultarle interesante a la gente.
Yo de siempre había creído que no tenía pasión por las cosas.
Es verdad que me obsesionaba mucho por lo que me llamaba la atención.
Pero sentía que era muy difícil que algo me sorprendiese o me emocionase.
Porque además casi todo lo que veía en mi día a día me parecía un coñazo.
Prácticamente todo el mundo me aburría.
Hasta que una amiga me hizo ver lo equivocado que estaba.
Y es que hablándole de copywriting me dijo que se me veía que le ponía muchísima pasión.
Pasión.
Justamente lo que yo pensaba que no sentía.
Ella me hizo ver que sí.
Y que era capaz de transmitir esa pasión a los demás y que ellos también la sintieran como se la había hecho yo sentir a ella.
Así que lo supe:
Ése era mi propósito.
El transmitir esa pasión a la gente.
Esa pasión por ser diferente.
Por ser interesante.
Tanto que llame muchísimo la atención.
Y destaquen.
Y destaquen tanto que haga a sus negocios mucho más rentables.
Tan rentables que alcancen la libertad con la que siempre han soñado.
La misma libertad que quería yo desde que tenía 6 o 7 años y quería encontrarle sentido a la vida.

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