Érase una vez dos amigos que vivían en un pequeño pueblo de las montañas.
Leo y Teo.
Los dos eran bastante pobres, pero se tenían el uno al otro.
Y como sólo se tenían el uno al otro estaban siempre juntos.
Jamás se separaban.
Ni cuando los llamaron a hacer el servicio militar se separaron, pues los mandaron al mismo cuartel.
O cuando los enviaron a la guerra, también fueron juntos.
Y volvieron juntos.
Ahora que habían vuelto de la guerra, querían regresar a su pueblo para poder estar tranquilos y en paz.
Pero su pueblo estaba casi en la otra punta del país. Y no tenían dinero.
Así que llegaron a la conclusión que la forma más rápida de conseguir el dinero necesario sería pedir limosna.
Pero claro, nadie daría limosna a dos chicos jóvenes y fuertes que bien podrían estar trabajando de cualquier cosa.
Por lo que decidieron que uno de los dos se quedaría ciego para así dar más lastimita a la gente y que les dieran más limosna.
Y para ser justos, lo echaron a suertes.
El pobre Teo siempre había sido muy gafe y le tocó a él rasparse los ojos con arena para quedarse ciego.
Pero contaba con su inseparable amigo Leo, que le hacía de lazarillo.
La gente al ver a aquel pobre ciego les daba montones de limosnas.
Tantas que ya no sólo tenían suficiente para el viaje de vuelta a su pueblo, sino también para comprarse una buena casa allí.
Así que compraron dos caballos y emprendieron su ruta.
Iban tranquilamente atravesando un bosque cuando pararon a descansar.
En el momento en el que el ciego de Teo estaba ya en el suelo, Leo se volvió a subir a su caballo y cogió las riendas de el de Teo y se puso a galopar para alejarse todo lo que pudiera de su amigo y así dejarlo abandonado en medio del bosque, llevándose todo el dinero con él.
El ciego Teo intentó correr detrás de su amigo, llamándolo desesperado.
Pero como no veía se iba tropezando con todas las piedras y enganchándose con las ramas.
Hasta que ya no oyó más el ruido de los cascos de los caballos.
Estaba solo en el bosque.
Y estaba anocheciendo.
Lo podía notar porque empezaba a hacer más frío.
Un frío húmedo.
Y no tenía ropa de abrigo porque toda la que llevaba estaba en las alforjas de su caballo que se había llevado Leo.
Y de repente oyó un ruido.
Se hacía más intenso. Se dirigía hacia él.
Presa del pánico, se subió al pino que tenía justo al lado.
Y allí enganchado en una rama se quedó inmóvil cuando oyó tres ruidos de pisadas distintos que se acercaban al árbol.
Eran las pisadas de un oso, un lobo y un mono.
El oso empezó a hablar:
– ¡Qué bien veros otra vez después de un año! ¿Cómo os ha ido todo este tiempo?
– Pues yo me he enterado que la resina de este pino bajo el que nos reunimos cada año tiene propiedades curativas. -dijo el mono- Si por ejemplo un ciego se restregase un poco de esta resina por los ojos, recuperaría la visión. ¡Pero tenéis que guardar el secreto! Si no los humanos codiciosos vendrían y talarían el pino.
– Yo en cambio sé cómo terminar con la sequía que asola a la ciudad que hay en el valle de aquí cerca. -dijo ahora el lobo- Si alguien va allí y planta uno de los piñones de este pino bajo el que nos reunimos, empezará a llover otra vez y no parará hasta que tengan toda la que necesitan.
– Y yo sé por qué la princesa está enferma y nadie hasta ahora la ha podido curar. -intervino el oso- Dentro de su colchón hay un sapo venenoso que si alguien quita de ahí y lo tira al fuego, acabará con la enfermedad de la chica. ¡Pero recordad! Ninguno puede decir nada de lo que hemos hablado esta noche aquí. Los humanos ya son bastante peligrosos como para que encima se enteren de todo esto…
Y se fueron de allí.
En cuanto Teo ya no escuchó ningún ruido de patas sacó su navaja y le hizo un corte a la corteza del árbol, por la que empezó a salir su resina.
Cogió un poco y se la untó en los ojos.
Inmediatamente recuperó la visión.
Cogió una de las piñas del pino y se dirigió a la ciudad del valle.
Una vez allí se dirigió al ayuntamiento para hablar con el alcalde y decirle que tenía la solución para acabar con la sequía.
El alcalde le dijo que si conseguía que lloviera le pagaría con lo que quisiera.
Así que Teo se fue a las afueras de la ciudad a plantar uno de los piñones de la piña.
En cuanto terminó de tapar el agujero en la tierra, empezó a llover.
El alcalde muy contento le preguntó que qué quería como pago.
Teo le pidió un caballo y un uniforme de médico.
Y puso rumbo a la capital del reino.
Cuando llegó pidió audiencia con el rey alegando que podía curar a la princesa.
El rey le dijo que si era verdad lo nombraría heredero de su reino y le daría la mano de su hija.
Teo pidió que se llevasen a la princesa de la habitación y que lo dejaran ahí solo.
Abrió el colchón, sacó al sapo y lo tiró al fuego.
Inmediatamente la princesa empezó a mejorar. Ya no estaba enferma.
Así que el rey cumplió su promesa y Teo y la princesa se casaron.
Durante su viaje de novios Teo quiso pasar por su pueblo natal.
Pero por el camino se encontraron a un vagabundo tirado en un lado.
Teo reconoció a Leo.
Había perdido todo el dinero de las limosnas que habían conseguido con el juego y la bebida.
E incrédulo y envidioso por ver a Teo que ya no era ciego y casado con la princesa le preguntó que cómo lo había conseguido.
Teo, que tenía buen corazón, le explicó todo.
– Y hoy justo hace un año de esa noche. Si te das prisa, podrás llegar al pino donde se reúnen el oso, el lobo y el mono y lo mismo se cuentan otros secretos que tú también podrás aprovechar.
Así que Leo se fue corriendo, imaginando qué clase de riquezas podría obtener de lo que escuchara aquella noche.
Cuando llegó al árbol se subió a la copa para esperar a los animales.
No tardaron en llegar.
– ¡Alguno de vosotros ha ido contando por ahí el secreto que os conté hace un año! La princesa ya no está enferma… -les recriminó el oso.
– ¡Yo no he sido! De hecho mi secreto también lo han contado porque ya no hay sequía en la ciudad del valle… -contestó el lobo.
– ¡Pues a mí no me miréis que yo no he sido. Tuvo que escucharnos alguien que estuviera escondido por aquí… ¡Seguramente en el pino! -dijo el mono mientras empezó a subir por el tronco.
Al llegar a la copa encontró a Leo.
Lo arrojó al suelo y el oso y el lobo lo despedazaron con su garras y dientes.
Este cuento lo leí hace mucho (aunque yo lo he versionado).
Y me gusta porque de él se pueden aprender dos lecciones que todos deberíamos tener en cuenta:
La primera es que los envidiosos al final tienen lo que se merecen.
Por eso los haters nunca llegarán a nada.
Si en vez de estar todo el día rumiando su envidia y su odio se dedicaran a aprender del que ya ha tenido éxito, podrían tener éxito ellos también y no le haría falta tener envidia de nadie.
Y la segunda es que siempre hay oportunidades en cualquier sitio si uno sabe verlas.
Con la actitud adecuada incluso las desgracias puedes aprovecharlas en tu favor.
Convertir algo negativo en algo positivo.
Ganar cuando piensas que sólo puedes perder.
¿Y sabes cuál es la mejor forma de convertir las cosas negativas en positivas?
